La palta redonda
Las personas admiran diferentes cosas en la vida. Hay algunos que admiran el poder, otros la abundancia de dinero, otros la belleza física y hay aquellos que simplemente admiran la belleza natural y se enamoran perdidamente de ella. Que conste que cuando digo natural, me refiero literalmente a ello.
Suele pasarme desde que tengo memoria, el sentir atracción por la plantas. Solía pensar que era algo normal y que ese cariño especial y alegría que sentía al ver una hermosa planta no era más que un gusto agudo desarrollado por ellas. Pero desde hace algún tiempo me percaté de que aquel ‘’gusto normal’’ se extendía también a la apreciación de las frutas, lo cual ya no es algo tan común, supongo.
Recuerdo que en primaria, en las graditas de madera del colegio, donde solía sentarme con mi mejor amiga a disfrutar de nuestras loncheras, una vez fui cautivada por la belleza de una manzana roja. Era hermosa, increíble, brillante, perfecta, tan hermosa que me conmovía y tan bella que no tenía valor de comerla. Lo único que me importaba en la vida era admirarla y tenerla entre mis manos preguntándome a mi misma cómo toda aquella belleza podía estar contenida en una fruta para todos tan normal, y para mi tan llena de idealismo. En ese entonces, las conversaciones entre dos niñas que se reían del amor sincero de una de ellas hacia una manzana no llegaban a trascender y se esfumaban entre risas y bromas pasajeras. Pero mi perspectiva en la vida sobre las manzanas cambió para siempre y nunca pude ocultar las sonrisitas naturales que se me empezaron a escurrir de los labios desde ese entonces cada vez que reflejaban sus ávidos colores en mis pupilas. No es difícil imaginar todas las veces que me dejé envolver en la frescura y tranquilidad de una u otra manzana verde claro, como todos pensamientos felices que me hizo sentir al cerrar los ojos.
Dentro de mi gusto inusual por los frutos descubrí luego que el perfume más agradable es aquel que desprende mi fruta favorita. El pepino. Lo de las manzanas ya había quedado atrás para ese entonces. Claramente era una cosa del pasado que me agradaba recordar, pero volví a revivir aquella misma sensación solo que de manera más intensa gracias a la mezcla sutil de amarillos, morados y olores dulces y suaves. Esta vez caí por completo y sin retorno en una admiración de lo que para mí era la belleza más pura y no pude abandonar aquel hermoso pepino que me perfumó la vida por lo que para mi fue una eternidad.
Puede que algunos sepan que adoro caminar por los lugares donde se encuentre la mayor cantidad de vegetación posible. Pero de seguro nadie sabe la alegría extrema que yo experimento al estar cerca de ellas. Sentir el aire más puro, escuchar los sonidos de las plantas y llevarme la alegría de las flores en la punta de los dedos.
Mi fascinación latente nunca cesó. Ahora sabía que me acompañaría por muchos años, quizás todos los que me restan de vida.
Hoy vi la palta más perfecta jamás imaginada. Completamente redonda, como una esfera, como la luna. Cada rodaja era una luna creciente y completa representaba el universo. Ese universo mío con antecedentes de manzanas y pepinos, donde las miradas brillan intensamente tan solo con caminar sobre la superficie esponjosa del pasto bajo mi peso, mirar los colores vibrantes y aspirar los suaves aromas dulces que me envuelven.
Muchas veces me descubrí en lo mismo. Ya no busco explicación alguna.
Estaba enmudecida, con los ojos muy abiertos y resbalando en la emoción.
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